Copia de 1502 del Canon de Avicena. Museo de Aga Khan, Toronto, Canadá.

Llegan ya los meses fríos, en los que muchos necesitamos acudir al médico para recuperarnos de los malestares causados por las bajas temperaturas. Y por lo tanto, la reina Isabel también necesitaría de los saberes de estos profesionales; incluso en su corte contaban con un físico judío por sus grandes conocimientos.

Y es que los judíos no podían tener títulos nobiliarios, cargos militares o cursar estudios universitarios pero sí destacaron en el campo de la medicina. Durante siglos fueron los que controlaron esta actividad hasta que los cristianos comenzaron a formarse en las universidades. Pero el oficio de médico lo aprendían de forma distinta, de generación en generación, acudiendo al maestro experimentado que les enseñaba las ciencias empíricas junto a saberes teóricos.

Conocimientos que adquirieron mediante las obras de autores griegos y árabes, gracias al dominio de su lengua, pues los judíos apenas realizaron obras propias sobre medicina. Escritos en los que se demuestra que la medicina era una ciencia ligada a la astrología, que intentaba sanar al enfermo con métodos naturales.

El libro por excelencia en esa época fue el Canon de Avicena, una enciclopedia médica escrita por el médico musulmán persa Ibn Sina, comúnmente conocido como Avicena. Dicho autor escribió una enciclopedia de cinco volúmenes que reunió el conocimiento médico grecorromano de Aristóteles y Galeno, junto a los avances de la medicina china de su tiempo. El Canon de Avicena fue traducido al latín en Toledo durante el siglo XIII, convirtiéndose posteriormente en la enciclopedia médica más influyente, siendo utilizada en las universidades europeas hasta bien entrado el siglo XVIII.

Los judíos necesitaban un permiso real para ejercer después de varias pruebas, en las que interpretaban un escrito médico para un posterior debate ante un tribunal integrado por judíos y cristianos.

Boticario judío. ilustración extraída de las Cantigas de Santa María, segunda mitad del siglo XIII.

Las consultas se realizaban en las casas de los médicos judíos, donde el paciente iba con una muestra de orina para un primer diagnóstico. Posteriormente examinaban al paciente, para reconocer las causas de las dolencias, pero siempre con la presencia de un pariente del doctor. Los resultados de la consulta eran conocidos por la familia del enfermo, que esperaba en otra estancia.

Estaba prohibido que los cristianos fueran atendidos por los judíos. Sin embargo muchos de ellos o incluso eclesiásticos requerían de sus servicios, y para ello eran atendidos ante un notario para evitar problemas.

A la cabeza de esta actividad, estaba el alfaquí o físico, cuyo conocimiento derivaba de los métodos que dejó Hipócrates y Galeno. La medicina adquiría condición de ciencia, ya que se basaban en Aristóteles y su filosofía natural. A estos les seguían los cirujanos, cuyo trabajo se basaba en los experimentos siguiendo las enseñanzas de los físicos. En esta materia encontramos también al boticario, quien realizaba el producto para el tratamiento medicinal. O incluso, también podemos mencionar al albéitar, quien se encargaba del estado de los animales, fundamentalmente los caballos.

Con ello nos damos cuenta que desde hace siglos contamos con profesionales que solucionan nuestros problemas de salud y mejoran nuestra calidad de vida. Aún así, ¡no te olvides del abrigo este invierno!

Por Lucía Pérez Flores

 

Bibliografía:

Merchán Fernández, Carlos, Los judíos, Valladolid, 1987.

Risco, Vicente, Historia de los judíos, Barcelona, 1955.

Páginas web:

Museo Aga Khan [https://www.agakhanmuseum.org/collection/artifact/qanun-fi-l-tibb-canon-medicine-volume-5-akm510]