Si hubieras vivido en Medina del Campo en 1498, igual te habrías enrolado a una carabela del viaje que se acababa de firmar en tu villa. El Almirante de las Indias, Cristóbal Colón firma las capitulaciones de su tercer periplo llevando consigo una mochila llena de historietas legendarias como principal GPS.
Lo que Cristóbal Colón ha sido, fuera de ser erudito, es un lector empedernido. Ser un fantasioso no lo hace ignorante, sino fiel a lo que leía. Sus libros estaban llenos de fantasías y monstruos, desde los antiguos científicos de renombre como Plinio el Viejo, hasta los teólogos más aclamados como San Agustín de Hipona (pensemos que la Biblia era un libro de ciencia en igualdad de condiciones frente a los tratados científicos en la Edad Media). Una de las originalidades de Colón fue juntar todo lo que decían sus fuentes, prácticamente todo lo que decían tanto antiguos como doctores de la Iglesia. Para la mentalidad bíblica, los monstruos no eran criaturas inocentes. Eran fruto del pecado, pero también eran parte del plan de Dios. Se les asignaba como hijos de Cam (el hijo maldito de Noé). San Agustín se esforzó en explicar que, aunque monstruosos, formaban parte de la diversidad del universo divino.
¿Para qué sirve un monstruo? Aparecen en todas las civilizaciones, por lo que debemos de pensar que podían ser indispensables para la mentalidad humana. Servían para ponerle nombre (y apariencia) al miedo. En la Edad Media, época dura, se necesitaba creer en lo maravilloso para soportar el duro día a día. Magia, mitología y “monstruología” iban de la mano. Si te enrolas en la tripulación de Colón, en el Atlántico (o “mar Tenebroso”) te podías encontrar caníbales, grifos, o cíclopes. Lo que era altamente peligroso, pero al menos, sabías lo que te ibas a encontrar. Lo desconocido paraliza, pero la leyenda te daba un rostro que afrontar.
El Almirante de las Indias, cuando navegaba por las tierras asiáticas, prestó especial atención a la existencia de “hombres salvajes”. Hombres que podían tener cuerpo humano y cabeza de perro (cinocéfalo), tener rabo (posiblemente eran primates), tener un solo ojo (cíclopes), o comer carne viva (antropófago o caníbal). Le costó realmente asimilar al Almirante que existían los caníbales que leía en sus libros. Parece que el Almirante estaba ante la cultura de los caribes, verdaderamente caníbal, a los que temían los indios antillanos (taínos), pero él pensaba que eran los secuaces del rey de Asia (Cathay): el temible Gran Khan que había leído de Marco Polo. Cuando a Colón le cuesta asimilar algo, insiste mucho en no entrar en razón, por ello sigue dudando aun cuando encuentran cuerpos con falta de carne el 17 de diciembre de 1492 en La Española.
Cinoféfalo. C. KAPPLER
[…]mostruos no he hallado ni notiçia saluo de vna ysla que es aqui en la segunda a la entrada de las yndias que es poblada de vna gente que tienen en todas las yslas por muy ferozes los quales comen came viua […].
Monópodo o esciápodo. C. KAPPLER
Lo cierto es que se mostraba algo incrédulo ante otros seres fantasiosos del bestiario medieval como los unicornios. Los unicornios medievales eran representados de forma variada, tal y como nos les imaginamos en los cuentos, o en el caso colombino, como bestias enormes, con cabeza de jabalí, cuerno negro y lengua llena de espinas. Hoy sabemos que esa descripción podría calzar con la de un rinoceronte. Pero Colón, atado a sus libros, no vería un rinoceronte; habría visto un unicornio. Cuando no encontraba estos seres, Colón no pensaba «mis libros mienten», pensaba «no he llegado al sitio correcto». Por eso quería encontrarlos, no evitarlos. Esa es la clave de su mente durante todos sus viajes: la imaginación no se doblega ante la realidad, sino al revés. Por eso sintió decepción cuando los nativos antillanos le parecieron “normales”, y todas sus partes aparentemente humanas, sin ser monópodos (hombres con una sola pata). Sus libros decían que en los confines de la Tierra habitaban esas razas monstruosas. Y como él pensaba que estaba en los confines de la Tierra, esperaba verlas. Que no aparecieran le generó desconfianza. ¿Y si aquello no era Asia? Pero mejor no pensar eso.
Además de los antropófagos, lo que más le importaba a Colón, fue la existencia de islas que podría encontrar en su camino a Oriente por Poniente. Islas que le servirían para hacer escala hasta las costas asiáticas. Es el caso de Antilia, donde el rey Rodrigo huiría de los árabes a partir del año 711 sin que nadie haya podido encontrarlo después. Se trataba de una isla fantasma, ilusión óptica de los habitantes de las islas atlánticas de Canarias y Azores, fruto de la imaginación. Su aparición pudo responder a la tradición del continente desaparecido de Platón, la Atlántida (cierto parecido etimológico además de la relación de Antilia con anti-isla, isla que está enfrente). También parece que es la misma isla de la que habla la leyenda de las Siete Ciudades. Siete núcleos urbanos fueron fundados por siete obispos emigrantes durante la invasión árabe.
Las leyendas también abarcan a las riquezas de lo desconocido. Las Indias de Colón no eran América, al menos sin introducirnos en debate, sino que era Asia y las tierras del Gran Khan. Y en esas tierras, según sus lecturas, las perlas nacían del rocío de la mañana. Así ocurrió cuando llegó a Paria (actual Venezuela). Vio que había mucho rocío, por lo que creyó haber muchas perlas. La lógica era impecable… en su cabeza, y en la de todas las fuentes a las que atiende. Más aún con los lugares bíblicos. Colón buscaba desesperadamente los lugares donde el rey Salomón consiguió el oro para el templo de Jerusalén, o donde se obtuvo la madera de sándalo del Arca de Noé. No por estar en la locura, sino porque lo leía en sus fuentes. Destacamos el tercer viaje, cuando se cree estar frente al Paraíso Terrenal (punto álgido de su misticismo). La tierra para Colón no era esférica (como desde la Antigüedad se creía, salvo excepciones), sino que tenía forma de pera, siendo el punto álgido el Edén. Esto lo piensa al llegar al rio Orinoco, en Venezuela, al cual identifica como uno de los cuatro ríos del Paraíso. Colón justificaba sus fallos con las profecías, pero todo un equipo teológico lo avalaba, no era él el ignorante.
Isla Antilia en representación del Mapa de Toscanelli (1474).
Por tanto, se debe de agradecer a la figura del monstruo que marineros como Colón tuvieran el valor de explorar lo desconocido. El viaje de Cristóbal Colón demuestra cómo los mitos y la literatura medieval no fueron un freno para la exploración, sino su principal motor. El Almirante adaptó la realidad geográfica a sus creencias, y aunque tuviera grandes errores, le abrieron las puertas a un Nuevo Mundo. A veces, creerse un cuento bien contado es lo único que necesitas para cambiar la historia.
Por Marina Gómez
Historiadora.
BIBLIOGRAFÍA
Claude Kappler, 1986. Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media.
Consuelo Varela, 1986. Los cuatro viajes: testamento.
Colección Documental del Descubrimiento (ed. Pérez de Tudela). Carta de Colón a Luis de Santángel, escribano de ración de los Reyes Católicos. 15 de febrero de 1493.
Juan Gil, 1989. Mitos y utopías del descubrimiento: 1.Colón y su tiempo.


