Cuando en octubre de 1524 el rey francés Francisco I decide cruzar los Alpes para liderar sus tropas en la lucha contra las armas del emperador Carlos, jamás pudo intuir que aquella decisión desencadenaría cautiverio, tratados de paz, rehenes reales y una fortuna inmensa puesta a buen recaudo en la fortaleza más emblemática de Castilla.
Batalla de Pavía según tapiz flamenco del siglo XVI. En el contexto de esta batalla fue hecho prisionero el rey Francisco I de Francia.
Lejos de conseguir ninguna victoria en suelo italiano, el soberano galo cae preso de las tropas españolas a las afueras de Pavía. Inmediatamente, el ilustre prisionero es puesto a disposición de los jefes del ejército imperial, que pronto preparan su viaje a España. Francisco I pasó 388 días bajo la custodia del emperador Carlos y no será puesto en libertad hasta la firma del Tratado de Madrid de 1526.
Desde el momento mismo en que las cortes española y francesa tuvieron constancia de la sorprendente captura, y tras el shock inicial que aquella noticia generó, comenzaron los contactos para trazar un acuerdo y lograr la liberación del soberano. Estas negociaciones cristalizaron con el Tratado de Madrid, firmado el 14 de enero de 1526.
El punto de máxima divergencia para alcanzar el acuerdo era el referente a Borgoña. El emperador ansiaba recuperar el ducado, cuna de parte de su linaje y que había pasado a manos francesas en tiempos de su bisabuelo. Para Francisco I, la cesión de Borgoña era una ignominia y una afrenta, pero no le quedó más remedio que acabar cediendo, consiguiendo únicamente que la entrega se realizara cuando el soberano estuviera de vuelta en Francia.
Previendo posibles violaciones del acuerdo, el emperador solicitó que dos rehenes permanecieran bajo custodia española a la espera de que los acuerdos del tratado se cumplieran en su totalidad. En virtud de todo ello, el 18 de marzo, sobre el río Bidasoa, se efectúa el intercambio real. Francisco ponía rumbo a París mientras pisaban suelo hispano los dos ilustres rehenes galos. Los elegidos fueron los dos hijos mayores de Francisco I: el delfín de Francia y heredero al trono, llamado Francisco, y su hermano, el duque de Orleans, Enrique.
Al poco de su regreso a Francia, Francisco I declara que el acuerdo para su liberación carece de validez, dado que ha sido forzado y firmado bajo coacciones y presiones y, por tanto, es inválido. A ello se suma la circunstancia de que los Estados Generales del reino deniegan la cesión de Borgoña, por lo que se hacía del todo imposible el cumplimiento de lo pactado en Madrid.
El problema, en este punto, se encontraba en la liberación del delfín y su hermano. Los rehenes, recluidos en un primer momento en el castillo de Villalpando y posteriormente en la gélida fortaleza de Pedraza, ansiaban su liberación. En este sentido, cabe señalar que el delfín arrastró tales secuelas psicológicas y físicas de su cautiverio que murió poco tiempo después de su liberación, pasando el título de delfín de Francia a su hermano pequeño, quien soportó de mejor manera estos duros años como preso en Castilla y que, tras la muerte de Francisco I, se convertiría en el rey Enrique II de Francia.
Retratos de los hijos de Francisco I: Francisco y Enrique. Francisco como hijo mayor llegó a Castilla en calidad de delfín de la corona gala, debido quizá a las seberas condiciones de su cautiverio murió poco después de su puesta en libertad. A la muerte del delfín el título pasó a manos de su hermano Enrique que debió soportar de mejor manera el cautiverio que ambos sufrieron por igual, tras la muerte del rey Francisco I fue nombrado rey de Francia como Enrique II.
En este punto de la historia entran en juego dos figuras fundamentales para entender el reinado de ambos monarcas: Margarita de Austria, tía de Carlos y tutora del futuro emperador desde la muerte de su padre Felipe, y la reclusión de su madre Juana, en Tordesillas; y Luisa de Saboya, madre de Francisco I, que durante diferentes periodos asumió la regencia del reino por las continuas campañas militares de su hijo.
Las dos sabias mujeres supieron desembrollar el asunto firmando el Tratado de Cambray en 1529 conocido como la Paz de las Damas, que pone de manifiesto el papel relevante de las mujeres en el Renacimiento, siendo parte activa de la política de su tiempo, como ejemplifica perfectamente la firma de este tratado.
En el acuerdo, entre otras cuestiones, se fijaba un rescate para la liberación de los presos. Paradójicamente, fijar el montante final no fue del todo complicado, dado que las dos partes entendían que debía ser lo más alto posible. Entender esto por la parte española es fácil, las arcas del emperador nunca fueron muy boyantes. Las deudas y los empréstitos de Carlos fueron una constante. Pero, por parte francesa, nunca se quiso que la suma fuera reducida. Se trataba de una cuestión de honor y de dignidad: se estaba poniendo precio al delfín de Francia y nada podía valer más que el futuro de la Corona.
Tratado de Cambray por Francisco Jover y Casanova, 1871. Firmado por Margarita de Austria (tía de Carlos I) y por Luisa de Saboya (madre de Francisco I), conocido como paz de las damas pone de manifiesto el poder político que ciertas mujeres tenían en el renacimiento europeo. En el tratado se acordaban las condiciones para la liberación de los hijos del rey Francisco I.
La cifra fijada fue de 1.200.000 escudos. Se trataba del mayor de los pagos realizados en la Europa del Renacimiento, según el profesor Bernat Hernández, “próximo en equivalencia al total del oro llegado de las Indias a Sevilla entre 1521 y 1530”.
Fijado todo esto, ¿a quién confiar la recepción de tamaño botín? El 31 de enero de 1530, desde Bolonia, el emperador Carlos indica que el condestable de Castilla, Pedro Hernández de Velasco, sea el encargado de trasladar al delfín y a su hermano hasta Fuenterrabía, mientras que Álvaro de Lugo será el encargado de recepcionar la monumental suma del rescate.
Álvaro de Lugo era en aquellos momentos el alcaide del castillo de La Mota. Perteneciente a una familia noble de origen gallego asentada en Medina del Campo desde tiempos de Juan II, atesoraba los títulos de señor de Foncastín, Valverde y Villalba de Abajo.
Sin duda, debió de ser un hombre de máxima confianza del emperador, dada la magnitud de la empresa que se le había encomendado. El imponente botín alcanzaba las 4,2 toneladas de oro y las palabras del cronista francés Sébastien Moreau no dejan lugar a dudas: “pocas personas jamás vieron algo semejante y, al mirarlo, sus ojos quedaban aturdidos por el asombro”.
Parece lógico intuir que el lugar exacto del castillo de La Mota donde estuvo guardo el tesoro sería su imponente torre del homenaje.
La cifra fijada fue de 1.200.000 escudos. Se trataba del mayor de los pagos realizados en la Europa del Renacimiento, según el profesor Bernat Hernández, “próximo en equivalencia al total del oro llegado de las Indias a Sevilla entre 1521 y 1530”.
Fijado todo esto, ¿a quién confiar la recepción de tamaño botín? El 31 de enero de 1530, desde Bolonia, el emperador Carlos indica que el condestable de Castilla, Pedro Hernández de Velasco, sea el encargado de trasladar al delfín y a su hermano hasta Fuenterrabía, mientras que Álvaro de Lugo será el encargado de recepcionar la monumental suma del rescate.
Álvaro de Lugo era en aquellos momentos el alcaide del castillo de La Mota. Perteneciente a una familia noble de origen gallego asentada en Medina del Campo desde tiempos de Juan II, atesoraba los títulos de señor de Foncastín, Valverde y Villalba de Abajo.
Sin duda, debió de ser un hombre de máxima confianza del emperador, dada la magnitud de la empresa que se le había encomendado. El imponente botín alcanzaba las 4,2 toneladas de oro y las palabras del cronista francés Sébastien Moreau no dejan lugar a dudas: “pocas personas jamás vieron algo semejante y, al mirarlo, sus ojos quedaban aturdidos por el asombro”.
Tal y como relata Ramón de Carande en su obra Carlos V y sus banqueros, Álvaro de Lugo recibe el tesoro en Bayona el 10 de junio de 1530, rindiendo cuenta minuciosa de todo lo recibido. Acto seguido, la enorme suma es cargada en acémilas rumbo a su destino. Este no podía ser otro: el castillo de La Mota.
Como indicábamos, Álvaro de Lugo era el alcaide de la fortaleza medinense y, como plaza perfectamente protegida y emplazada en la villa de las ferias, uno de los núcleos financieros más importantes de Castilla, parecía el sitio idóneo.
Bien es cierto que la fabulosa fortuna debió permanecer poco tiempo entre sus muros de ladrillo. Los numerosos acreedores del emperador, sabedores de todo ello, comenzaron a reclamar sus pagos. De este modo, poco a poco, banqueros y prestamistas acudirán a La Mota y la formidable suma se irá reduciendo hasta desaparecer por completo.
Así es como el señero castillo de La Mota, al menos durante unos meses, se convierte en una especie de banco acorazado, una caja fuerte del reino que custodiaba uno de los tesoros más imponentes de su tiempo. Álvaro de Lugo, su gobernador y leal servidor del emperador, capitaneaba una misión digna de ser contada, añadiendo otra página más a la célebre historia de la fortaleza medinense.
Por Felipe López Pérez.
Historiador del Arte y gestor cultural.
BIBLIOGRAFÍA
CARANDE, Ramón. Carlos V y sus banqueros. Volumen 3. Los caminos del oro y de la plata. Madrid, editorial crítica, 1977
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel. Carlos V, un hombre para Europa. Madrid, editorial Austral, 2010
MARCOS VILLÁN, Miguel Ángel y FRAILE GÓMEZ, Ana María. Catálogo monumental de la provincia de Valladolid, antiguo partido judicial de Medina del Campo. Tomo XVIII. Diputación de Valladolid, 2003.
MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo. “La comunidad de Villa y tierra de Medina”, en EUFEMIO LORENZO SANZ (Coord.), Historia de Medina del Campo y su tierra, tomo I. Ayuntamiento de Medina del Campo, 1986.


